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Inicio / Actividades / Otras actividades / Xacobeo / El camino también se vende

El Camino es corazón, ilusión, meditación... pero también es negocio. En los últimos años han proliferado chiringuitos, negocios y restaurantes que intentan captar al peregrino.

No es extraño que en el medio de una remota aldea aparezca un chiringuito de venta de conchas. Las hay de todos los colores y formas. De estilo rockero y de estilo romántico, con bordado y sin bordado. Chillonas y coquetas. No le debe ir mal a su propietario porque hace un buen negocio.

Al lado de la "conchi-boutique" nos encontramos con ¿un monje, un peregrino? que nos observa desde un balcón. Hay quien se asusta hasta que comprueba que se trata de un montaje. Un maniquí con túnica franciscana. El nuevo reclamo del Xacobeo.

"Self-service made in Galicia"

Unos kilómetros después, el pueblo de Montrás te recibe a ritmo de banderas. Las hay de casi todos los países. Se ve que sus propietarios no quieren ser descorteses con los peregrinos, sabedores de que el Camino ya es internacional. A la puerta, un "self-service". Productos naturales "made in Galicia".

Y por vender, hasta se vende, la cultura, el país, el terruño. Eso tran propio y tan indisolubre de la idiosincrasia de los gallegos, su propia casa. Pero, y desgraciadamente para el negocio del marketing, no se trata de innovaciones en el 'merchandising' del Camino, sino, una realidad muy patente en el rural gallego. La gente se muere o emigra por falta de expectativas y, claro, se desprende de lo poco que le queda. Pero esa mercancía no es para el peregrino o, por lo menos, no se fija tanto en ella.

Las reinas indiscutibles

 El camino es una mezcla de olores y de sabores. Los olores del campo y los sabores de la tierra. Y las reinas indiscutibles del paisaje rural gallego son las vacas; las dueñas y señoras de Galicia. Ellas te guían y te protegen. Su mirada dulce encandila a cualquiera y las fotos ya no la sorprende. Debe ser el animal más fotografiado del camino y eso que no cobra derechos de autor.

Pero el amor por la vaca se acaba cuando uno se encuentra con algo tan común y habitual en las corredoiras gallegas; sus excrementos. Entonces ese bello rumiante se convierte en un cerdo y cochino animal. Duros calificativos para un fiel acompañante. Y es que algunos peregrinos no entienden que las vacas también cagan.