| |
UN AUTÉNTICO SABOTAJE
METABOLICO
Así es, tal vez hablemos de sabotaje metabólico. Todo
empezó con la evidencia de que las personas con obesidad presentaban
una mortalidad superior a la del resto de los individuos debido especialmente
a problemas cardiovasculares. Además de esa evidencia, se observaba
cómo esas personas sufrían con más frecuencia trastornos
como diabetes, hipertensión arterial y elevación del colesterol
en sangre, y experimentaban alteraciones metabólicas que llamaron
la atención de los investigadores. Ahí comienza nuestra
historia...
En primer lugar, hizo su entrada en escena la "extraña pareja",
formada por la diabetes mellitus y la obesidad, ya que el 80 por ciento
de los diabéticos tipo 2 son obesos aunque sólo el 30
por ciento de los obesos son diabéticos. Poco después,
esa pareja se convirtió en un peligroso triángulo cuando
se observó cómo se asociaban la obesidad, la diabetes
y la hipertensión. A finales de los 80 el protagonista era el
"cuarteto de la muerte" (obesidad, diabetes mellitus, hipertensión
arterial e hipercolesterolemia), de forma que para que Reaven reintrodujera
el concepto del Síndrome X metabólico, sólo había
un paso. Hemos dicho bien reintroducir, porque en 1933, Kylin llamó
Síndrome X a la asociación entre hipertensión,
obesidad y gota.
Esta asociación presentada por Reaven como Síndrome X
era relativamente frecuente (20 por ciento de las personas de 20 a 70
años) y siempre se acompañaba de mayor riesgo de enfermedades
cardiovasculares. Con Reaven se encontró un nexo común
en este proceso que fue la presencia de una resistencia a la acción
de la insulina en los pacientes afectados. En los años 90 se
empezó a hablar de síndrome metabólico de resistencia
a la insulina, síndrome polimetabólico o síndrome
dismetabólico.
En 1998, la Organización Mundial de la Salud (OMS) propuso una
definición única para este síndrome y lo llamó
Síndrome metabólico. Según la OMS, una persona
lo padece cuando, además de diabetes mellitus, intolerancia a
la glucosa o resistencia a la insulina, presenta dos de las siguientes
alteraciones: tensión arterial elevada, alteraciones del colesterol
o de los triglicéridos, obesidad abdominal o pérdida de
albúmina por orina. Otras organizaciones internacionales han
propuesto diferentes clasificaciones, pero ello se alejaría del
interés de este artículo, ya que lo que interesa es mostrar
la existencia del problema y esbozar los medios para identificarlo y
resolverlo.
¿Que es la resistencia a la insulina?
La insulina es el mediador del que dispone el organismo para que, entre
otras muchas funciones, las células sean capaces de captar y
utilizar la glucosa que circula por la sangre. Una comparación
sería ver a la insulina como un adulto que empuja una puerta
para que pase un niño (la glucosa). Si existe una gran resistencia
porque la puerta está atascada, serán necesarios varios
adultos para empujar la puerta y que pase el niño
Esa resistencia
a la insulina hace que en la sangre los niveles de insulina sean más
elevados de lo normal (para conseguir el control de la glucosa) y ello
provoca complicaciones. En primer lugar, la necesidad de producir elevadas
cantidades de insulina durante muchos años llega a producir un
agotamiento de las células beta del páncreas que son responsables
de su producción. En ese momento se desencadena una intolerancia
a la glucosa o una diabetes. En segundo lugar, también se altera
el metabolismo de las grasas, provocando un aumento de la cantidad de
triglicéridos que normalmente circulan por la sangre, una disminución
del colesterol HDL (el "colesterol bueno") y un aumento del
colesterol LDL ("malo") produciendo partículas muy
aterogénicas (capaces de formas placas de ateroma, grasa, en
los vasos sanguíneos).
En tercer lugar, los elevados niveles de insulina contribuyen al aumento
de la tensión arterial. Pero el problema no acaba ahí:
también aumentan los niveles de ácido úrico en
sangre y los factores que hacen que la sangre coagule con más
facilidad, se estrechan los pequeños vasos sanguíneos,
hay hiperactividad de los factores que provocan inflamación...
No es muy difícil ver que estos procesos aumentan de forma notoria
el riesgo de enfermedad cardiovascular y la mortalidad por esa causa.
¿Es frecuente el síndrome ?
Si utilizamos el criterio de la OMS, en Estados Unidos habría
un 23 por ciento de adultos con este problema. En España, un
22,1 por ciento de los varones y un 19,3 por ciento de las mujeres,
mientras que en Europa lo serían un 23 por ciento de los varones
y un 17 por ciento de las mujeres. El mayor problema que se plantea
es que la incidencia va en aumento.
¿Cuales son sus causas?
En general, se debe a una combinación de causas. Hay un componente
genético que predispone a la aparición del problema, pero
este componente precisa de factores am-bientales. Es decir, para que
una persona desarrolle una resistencia a la insulina, habitualmente
primero tiene que aumentar de peso hasta hacerse obesa. Es interesante
ver cómo este síndrome se desarrolla frecuentemente en
personas que pasan de un medio rural o poco desarrollado a un urbano
o desarrollado. Ello se explica a través del "genotipo aprovechador":
un grupo de genes que haría que ciertos individuos se adaptaran
mejor a las condiciones adversas y a la falta o irregularidad en la
obtención de alimentos. Estos genes favorecerían un ahorro
de energía para tiempos difíciles y lograrían la
supervivencia de esos individuos, de forma que la selección natural
haría que los genes se mantuvieran. El problema surge cuando
estos individuos viven en un ambiente con abundancia de alimentos, vida
sedentaria, alcohol, tabaco, estrés... En ese momento, los genes
favorecen la obesidad, el entorno la desarrolla y el paso del tiempo
hace que el trastorno metabólico se consolide y se perpetúe.
¿No hablábamos de sabotaje?
Otro ejemplo sobre la relación entre la adaptación al
entorno y el síndrome es el de los niños nacidos con bajo
peso. Esos niños que nacieron con malnutrición adaptaron
su metabolismo en el útero para lograr sobrevivir y su metabolismo
se hizo "ahorrador". Al llegar a adultos, estos niños
tienen mayor riesgo de sufrir un síndrome metabólico.
¿Como sospechar que alguien tiene un sindrome metabolico?
En primer lugar, cuando alguien sufre obesidad (Indice de Masa Corporal
superior a 29,9), especialmente si es de predominio central con mayor
acúmulo de grasa en la región abdominal. En segundo lugar,
si tiene trastornos del metabolismo de la glucosa (diabetes, intolerancia
a la glucosa, glucemia anormal en ayunas), hay familiares diabéticos
o ha sufrido una diabetes gestacional. Finalmente, si hay hipertensión
arterial o anomalías en el colesterol o en los triglicéridos.
Ante esta sospecha, acudir al médico o, mejor, a un especialista,
habitualmente endocrinólogo, para realizar el estudio apropiado
y plantear el tratamiento oportuno. Hay que recordar que el síndrome
metabólico es un problema grave y complejo y es muy recomendable
consultar con un especialista para una correcta evaluación y
tratamiento individualizado.
Prevención y tratamiento
La mejor medida ante el síndrome metabólico es la prevención:
ya desde la infancia y la adolescencia se debe evitar la obesidad, favoreciendo
que los niños se alimenten de forma adecuada, con una alimentación
equilibrada en la que se eviten los alimentos excesivamente hipercalóricos
o ricos en grasas saturadas y el sedentarismo. Los niños deben
pasar menos horas frente al televisor y más haciendo deporte.
Un aspecto fundamental acerca del tratamiento es que debe mantenerse
a lo largo del tiempo, ya que este es un trastorno que, a su vez, evoluciona
con los años. Por tanto se impone una modificación del
estilo de vida del individuo. El tratamiento no es sencillo y además
de las medidas farmacológicas, se apoya en pilares como la modificación
de los hábitos dietéticos y el incremento de la actividad
física.
Modificación de la dieta:
Como medida inicial se recomienda reducir la cantidad de energía
que se recibe con los alimentos, para lograr una pérdida de peso.
En segundo lugar, la dieta debe ser equilibrada en cuanto a los nutrientes,
de forma que se reduzca el consumo de grasas saturadas (grasa animal,
mantequilla,..) y se aumente el consumo de hidratos de carbono de molécula
compleja (cereales, especialmente integrales, frutas, vegetales...)
que serán la principal fuente de energía. Se mantendrá
como principal fuente de grasas a las llamadas monoinsaturadas (aceite
de oliva) y como fuente secundaria de grasas a las poliinsaturadas (aceites
de pescado). La cantidad de proteínas será la adecuada
a las necesidades de cada individuo, pero no deben ser excesivas. En
tercer lugar, la dieta recomendada será rica en fibra, pobre
en colesterol, sin excesivo aporte de sal y reduciendo el consumo de
alcohol.
Actividad física:
El ejercicio físico aeróbico regular, adaptado a la medida
de cada persona, es beneficioso en los que padecen este trastorno. El
ejercicio es clave en el mantenimiento de la pérdida de peso
y previene la aparición de diabetes tipo 2. Además, favorece
el tratamiento ya que fortalece la voluntad, aumenta notablemente la
sensación de bienestar físico y psíquico e incluso
reduce la sensación de hambre. Se recomienda realizar la mayor
parte de los días de la semana un mínimo de 30 minutos
de ejercicio aeróbico de intensidad moderada (caminar a paso
rápido, equivalente a 5 Km/h), y entrenamiento de resistencia
tres veces a la semana.
Tratamiento farmacológico:
Este tratamiento corresponde a médicos especializados y se escapa
del campo de este artículo. Simplemente referir que, además
de fármacos adecuados para cada uno de los problemas del síndrome,
hay fármacos "sensibilizadores a la insulina", pero
hay que saber que es imprescindible cumplir las normas relacionadas
con la dieta y la actividad física, para lograr un buen resultado.
Modificación de los hábitos:
Es importante que las personas afectadas favorezcan un estilo de vida
saludable, evitando el sedentarismo y el estrés, abandonando
el tabaco o disminuyendo su consumo y haciendo de la actividad física
algo divertido y placentero.
|